
Las recomendaciones actuales referentes al tratamiento de los pacientes dislipidémicos(4) otorgan un papel importante a la intervención dietética que debe proponerse como primera intención cuando el nivel de colesterol LDL supera los 160 mg/dL (caso general) ó 130 mg/dL (en pacientes con más de dos factores de riesgo adicionales o en la prevención secundaria).
Transcurridos los tres primeros meses de tratamiento dietético bien realizado, si es necesario un tratamiento farmacológico, las medidas dietéticas deberán seguirse a largo plazo.
Las numerosas pruebas que existen sobre el efecto de la alimentación en el riesgo cardiovascular avalan las recomendaciones nutricionales vigentes para los pacientes hipercolesterolémicos.

Algunos ensayos de intervención dietética han mostrado una reducción de la morbimortalidad cardiovascular y un tratamiento dietético bien realizado produce una disminución de los niveles de colesterol total y de colesterol LDL que puede llegar hasta el 15%, lo que permite evitar la instauración de un tratamiento farmacológico en numerosos casos(4).
La demostración de la influencia de diversos factores nutricionales sobre la aterogénesis y la epidemiología de las enfermedades cardiovasculares se basa en diversos estudios. En lo que se refiere a los lípidos, diferentes estudios epidemiológicos muestran de manera concordante una relación entre la cantidad de colesterol alimentario y de ácidos grasos saturados (AGS) y el riesgo cardiovascular.
El estudio histórico de siete países de Keys(10), que tuvo una duración de 15 años, permitió observar una correlación positiva superponible entre la mortalidad coronaria, el consumo de grasas saturadas y la colesterolemia.
La mortalidad más elevada se observó en Finlandia, donde el aporte de grasas saturadas fue igual o superior al 25 % del aporte calórico total. La mortalidad más baja se observó en Creta, donde el aporte en AGS fue del orden del 8%, en beneficio de los ácidos grasos insaturados. Sus conclusiones fueron el origen del interés por la dieta de Creta, que más posteriormente se extendió a la dieta de tipo mediterráneo.
La influencia negativa de los AGS también se ha observado en el estudio de Framingham(1) y en otros estudios en poblaciones específicas, que permiten concluir que, para un mismo aporte de glúcidos, un aumento del 5% del consumo de AGS incrementa el riesgo cardiovascular en un 17 %, mientras que existe una correlación inversa entre el consumo de ácidos grasos mono y poliinsaturados y la mortalidad cardiovascular.
La influencia del colesterol alimentario sobre el colesterol LDL resulta variable, a diferencia del efecto dependiente de la dosis observado con los AGS. Esta influencia es más marcada si se produce un aporte simultáneo elevado de AGS. La colesterolemia varía de forma lineal con aportes de colesterol entre 100 y 300 mg/día, pero el consumo de cualquier cantidad superior sólo produce ligeras variaciones de la colesterolemia(11).
Entre los otros factores nutricionales estudiados, los cereales integrales (no refinados, que contienen el conjunto de fibras, minerales y vitaminas del grano) han mostrado en diversos estudios recientes un efecto protector respecto al riesgo cardiovascular, así como una reducción del riesgo de diabetes(12-14). A su vez, diversos datos defienden el papel protector de las frutas y verduras(15,16) que combinan diferentes nutrientes beneficiosos (vitamina C, carotenoides, polifenoles, vitamina B9, potasio, esteroles, fibras alimentarias), así como el de las frutas oleaginosas ricas en esteroles, en ácido alfa-linolénico, en vitamina E y en minerales(17).